domingo, 30 de diciembre de 2012

Capítulo 9: Revuelta Sangrienta


Ante mis últimos pensamientos decidí guardar silencio, ajena a lo que me hicieran. O eso decía ahora. Al ver que no contestaba, me sacudió como si fuera una muñeca de trapo y a continuación  me arrojó contra la pared, provocando un ruido sordo y un punzante dolor en mi torso. Un grito ahogado salió de mi garganta al no estar familiarizada con el dolor ni la agonía.

-¿Es que no piensas hablar?, me gritó.

El corpulento sacó algo luminoso de su bolsillo y tras toquetearlo se lo puso en la oreja.

-¿A quién llamas?, preguntó cautamente Simon, algo tembloroso.

-A Adam, él sabrá manejarla.

-¡Pero me matará!

-Debiste haberlo pensado antes de traerla.

-¡Pero he encontrado el collar! ¿No es eso lo que quería Adam?

-Él quería ambos… Hola Adam, el inútil que contrataste ha traído a la Bárbara equivocada, aunque ha encontrado el collar. Hizo una pausa en su monólogo. No lo sabemos, no quiere hablar… esperaba que lo hicieras tú… De acuerdo, hasta ahora. Hizo otra pausa mientras guardaba el curioso objeto. Viene de camino.

Aún estaba en el suelo mientras todo esto ocurría, no había ni levantado la cabeza por falta de fuerzas. El corpulento desapareció durante unos instantes y a su vuelta trajo con él un asiento que dispuso enfrente de mi celda. Simon se quedó en la puerta, hablando entre dientes. Levantó la mirada hacia mí y empezó a gritar:

-¡Me has condenado, vieja loca!, a continuación corrió hacia mí y comenzó a pegarme, a darme patadas, a tirarme del pelo mientras me maldecía como lo había hecho Clyde.
El más corpulento no se movió del sitio, observando la escena como un espectador aburrido. La ira corría por mis venas y cuando fue a darme otra patada, le agarré del pie y provoqué que se cayera. Era la hora de atacar. Por mucha práctica que me faltara sabía que podía acabar con él en un santiamén. Me abalancé sobre él y busqué su cuello. Su suave cuello humano, bombeando sangre cada segundo, tan frágil, tan apetecible… Pero no podía hincarle el diente a causa de su revuelta. No cesaba de moverse, intentando deshacerse de mí. Pobre ingenuo, creía que podía conmigo. Harta de esperar a que parara quieto, lancé mis colmillos hacia su carne, ignorando si fuera su cara, su cuello, su hombro. Cuando mordí su piel, un gemido de dolor salió de su garganta. Estaba absorbiendo la vida de su hombro. Maldije para mis adentros que esa parte estuviera llena de huesos. Pero pude empezar a saciar mi sed. Cuando se fue calmando, desplacé mis dientes hacia su nuez, lentamente. Se la arranqué de cuajo, como si hubiera sido un sello en una epístola. Eso provocó que dejara de aullar, de gritar. La sangre, aquel esperado y codiciado manjar salí como si de una fuente  se tratara. Mi cara, mi ropa, mi cabello, todo quedó rociado de aquella droga. De repente un recuerdo me asaltó. La sangre se volvió agua, la ligera luz que salía de la puerta de mi celda era ahora el crepúsculo, y, el aire, se transformó en una familiar figura, que ahora mismo extrañaba.  Clyde apareció ante mí. Pero no era él, sino un simple y engañoso producto de mi imaginación.

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