Deduje que aquella tienda era la gasolinera.
Pero mi chofer no paró ahí delante, sino que aparcó detrás de la gasolinera
donde no había nadie. Me dispuse a salir del coche pero no encontré la palanca
que abría la puerta del automóvil. Por más que palpaba no daba con el pomo. Me
decanté por preguntar.
-¿Cómo
puedo salir?
-¿Es
que te marchas? Primero tienes que agradecerme el trayecto.
Desabrochándose el cinturón que lo unía al
asiento, se inclinó hacia mí rápidamente, dándole tiempo a juntar sus labios
con los míos. Cuando su lengua asomó por mi boca, la mordí en gesto de defensa.
La sangre afloró dándome el placer de saborearla, pero la fuente desapareció de
mis papilas gustativas. El chico se retiró llevándose la mano al miembro herido
que sacó para comprobar su estado en el espejo que había entre nosotros. El rojo
líquido se derramaba alrededor de la lesión, absorbiéndome. Puse mi mano sobre
su mejilla, volviendo su rostro al mío y fui en busca de mi almuerzo. Un
frenesí me invadió y ya no busqué su lengua, sino su cuello, aquella garganta
suculenta que me había resistido a probar desde que le vi. Hundí mis colmillos
en la tráquea y succioné el manjar. Sus pataletas y empujones tan sólo me
provocaban cosquillas y eran inútiles ante mi tremenda sed. Cuando me harté, el
cuerpo estaba inerte. No se movía, estaba pálido y su boca estaba abierta, como
mostrando sorpresa. Me limpié las gotas que corrían por mi barbilla con la
falda de mi vestido.
Cuando quise salir, no pude. No sabía cómo
activar el mecanismo que me dejara libre. Miré por todos lados y no encontré la
respuesta. Me percaté de que mi ropa estaba muy sucia, y llena de sangre. La
gente del establecimiento haría preguntas. ¿Pero de dónde sacaría nueva muda?
Miré el cadáver de mi lado. Podría ponerme su camisa. Y así lo hice. Ya vestida
me volví a encontrar con el mismo problema. Harta ya de buscar, le di una
patada a la puerta que, abriéndose, me proporcionó la libertad que deseaba. Me
mostré ante la gente de la gasolinera, que no era mucha, portando únicamente la
camisa y mi ropa interior. La gente me miraba durante unos instantes y luego
volvían a sus menesteres.
Una chica me sorprendió. Era muy guapa, rubia
con los ojos verdes. Era alta, delgada y vestía con ropa muy provocativa, con
mucho escote y con unos pantalones demasiado cortos para mi gusto. Llevaba una
botella verde de cristal en la mano derecha, y por como olía diría que se
trataba de cerveza.
-Vaya,
¡Que vestido tan bonito!, dijo mientras se reía agudamente. Luego se acercó y
me susurró: como sea la camisa de mi novio, date por muerta.
¿Acaso esa humana borracha me estaba
amenazando? De pronto un chico se acercó por su espalda y le arrebató la
botella de alcohol. La otra, un poco despistada la buscó y, como un bebé que
suplica por su juguete, intentó alcanzarla. El chico la arrojó bastante lejos
provocando que la rubia se diera por vencida y dejara de pedir. Ella se agarró
al torso de su compañero como un koala y no lo soltó.
-Siento
todo este alboroto, se disculpó. El joven era, sin duda, muy atractivo: moreno,
ojos oscuros, bronceado, alto, musculado y con sonrisa inocente.
-No te
disculpes tú, le dije de un tono algo tajante, debería hacerlo ella.
-Pues
ahora mismo no está por la labor, dijo conservando la sonrisa. Cuando viajamos
le parece aburrido, así que tiene que emborracharse. El tiempo pasa más
deprisa.
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