Decidí
emprender la marcha así que me sequé las lágrimas que aún caían por mi cara y
al levantarme algo sonó en el pequeño bolsillo escondido en mi vestido. Saqué
el sonoro objeto y hallé la cadena que encontré poco tiempo antes. Me la puse
con facilidad y me puse en marcha. Seguí por el caminito que se mostraba
delante de mí, más allá del yacimiento de agua, a paso ligero. Por el trayecto
tan sólo vi árboles verdes rodeados de hierba igualmente verde. Ya no parecía
un campo sino un profundo y espeso bosque y gracias a sus altísimos árboles así
como frondosos me pude permitir caminar noche y día sin pausa. Así transcurrió
mi viaje de dos o tres días, no puedo precisar el tiempo transcurrido ahí
dentro ya que las copas de los árboles no dejaban filtrar la luz solar ni la
lunar, pero al fin llegué a una carretera. El paso del arcén cortaba en dos
aquel interminable bosque y libre de protección de la luz del sol que brillaba
en lo más alto del cielo. Me quedé quieta al borde de la sombra, deseando que
la luz se ocultara dejando paso a la oscuridad. El viento sacudió la cima de
los árboles dejándome en momentos expuesta al sol. Cuando me di cuenta esperé a
que mi cuerpo empezara a arder, y retrocediendo hasta un cobijo seguro me
percaté de que esa sensación no llegaba. No ardía, no me quemaba con la luz del
sol como antes. ¿Se puede saber a qué se debe? Decidí volver a probar y puse un
brazo al descubierto. No me quemaba, no me dolía. Era prácticamente imposible.
Para cerciorarme pasé de un lado a otro de la carretera, llegando de nuevo a la
sombra. Nada. No pasaba absolutamente nada. ¿Qué había cambiado? Llevaba el
mismo pelo, el mismo vestido, los mismos zapatos que cuando lo intentaba con
Clyde y fracasaba. Todo era igual. Volví a pasar al otro extremo del camino.
Algo golpeaba contra mi pecho al correr. Lo palpé: era el collar. Seguro que
era el collar. Un collar me había ayudado a vencer al mayor enemigo de un
vampiro. Una sonrisa se dibujó en mi rostro y me coloqué justo en medio del
arcén. Me aclaré la garganta ya que llevaba mucho tiempo sin hablar.
-Vaya,
¿A que eso no te lo esperabas?, grité mientras miraba al sol. ¡Me he enfrentado
a quien me mataba! No volveré a esconderme de ti nunca más ¿Me oyes? Cada día
te dejaré apreciar mi preciosa cara, mi
melena castaña y mi trasero respingón. Cada mañana te saludaré con una sonrisa
burlona. Te vas a cansar de mí eso, te lo prometo.
De
repente un ruido ocupó toda mi atención. Era un automóvil que se acercaba a
gran velocidad. Una sola palabra asaltó mi mente: sangre. Pero me obligué a
recapacitar. ¿Cómo iba a salir de ahí si mataba a la única persona del entorno
y que además sabía cómo salir de ese laberinto? Pero era cierto que llevaba
varios días sin probar bocado y me moría por hincarle el diente a algo, sobre
todo a una tráquea humana. Pero ya tendría tiempo de alimentarme más adelante.
Me quedé en medio del camino esperando que le transporte parara, en caso de que
no lo hiciera, tendría que arreglar cuentas. El coche se acercaba muy rápido.
Como la carretera era recta pude ver que se trataba de un coche de pequeño
tamaño, plateado y que rugía como un león. Al percatarse de mi presencia, el
conductor frenó a varios metros. Salió y al quitarse una especie de gafas
negras, pude ver su cara de sorpresa. Era un hombre alto, joven pero no muy
agraciado. Tenía el pelo castaño, rizado y alborotado, unos extraños pantalones
azules y una blusa peculiar. Se acercó a mí y embozó una enorme sonrisa
mirándome por encima del hombro.
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