Hacía
tiempo que no veíamos la luz solar. Esta vez tuvimos ocasión puesto que había
algunas nubes en el cielo que, de vez en cuando, escondían el sol dejando que
nuestros ojos se acostumbraran poco a poco a la luz. Lo que también nos
permitió salir de nuestra madriguera fue que en el crepúsculo, los rayos
solares brillaban con mucha menos intensidad que durante el resto del día, y
puesto que acabábamos de abandonar el invierno, el sol no era lo
suficientemente potente como para acabar con nosotros, convirtiendo cada célula
de nuestro organismo en ceniza.
El sol ya se había ocultado
cuando decidimos emprender la caza. Era curioso, jamás había apoyado la caza
porque me parecía una actividad atroz, algo innecesario y sin escrúpulos pero
mi constante sed de sangre provocaba que casi todos los días saliera a cometer
tal traición a mis principios. Algunas estrellas brillaban en aquel cielo casi
negro y la luna, en su forma más fina y sonriente, parecía invitarlas a ser
acunadas mientras sonaba la nana que cada noche entonaban los grillos pero, al
no recibir respuesta alguna, ella tornaba, al cabo de los segundos, más pálida
y solitaria. Con un gesto, Clyde me indicó el camino a seguir para atrapar
nuestra cena, de la cual, disfrutaríamos bajo el techo de la habitación
abandonada y que iba a ser adornada por una conversación que terminaría en
pelea. Seguimos el sendero a paso ligero, apenas rozando el suelo hasta llegar
a un pozo abandonado dónde me pidió que aguardara su llegada. Desapareció entre
la maleza dejando tras de sí el viento de su carrera. Observé aquel pozo.
Averigüé que era bastante profundo y puesto que desprendía un fuerte olor a
humedad decidí tirar de la cuerda para alcanzar el cubo con el fin de comprobar
la existencia de agua. Tiraba de la extensa cuerda que parecía que se rompería
en cualquier momento hasta que pude atrapar el cubo que llevaba en su extremo.
Cogí un poco de agua con las manos. No lo parecía ya que el insípido líquido no
era cristalino sino rojo. Sometida a mi instinto, llevé el agua a mi boca y
bebí. Era sangre, el agua contenía una fuerte ración de sangre. Y no era
animal, que al ser herbívoros no era de mi agrado, sino que era sangre humana.
Jamás había podido catarla puesto que mi compañero no era partidario del dolor
de los humanos, era demasiado concienzudo como para acabar con una persona, de
ahí que tan sólo tomáramos sangre animal, pero algo en mi cabeza me decía que
era humana. Era la más deliciosa que había podido tomar. De repente me encontré
bebiendo el recipiente sin dejar ni una gota del agua ensangrentada o de la
sangre aguada. Por fin, al acabarme el cubo entero, sentí que mi sed estaba
saciada. No necesitaba sangre de los inquilinos que vivían con nosotros en
la casita, no tenía la garganta ardiendo
como la había tenido siempre. Estaba perfecta. Llena de energía, activa.
Constaté después de relamerme como un gato después de tomar su leche, que una
fina cadena plateada colgaba del asa del cubo. En su extremo había un pequeño
medallón bañado en plata. La desenredé con dificultad y entre mis manos la
observé hasta que Clyde me interrumpió. Portaba tres conejos degollados entre
sus manos y unas gotas de sangre cayendo de sus labios.
-¿Qué
te has encontrado?
-Un
collar, estaba en el pozo, le respondí mostrándoselo.
Se
colocó delante de mí y acercó sus labios a los míos. Saboreando la sangre de
sus labios di un respingo de asco y me aparté bruscamente.
-¿Qué
ocurre? Te encanta lamer la sangre de mi cara cuando cazamos.
¿Debería decirle que no pienso probar otra
sangre que la humana durante el resto de mi vida? Quizá no era el momento.
Aunque esa sangre era repugnante, sabía a hierba. Prefería la de animales
carnívoros, porque se acercaba bastante a la humana. El gusto del dulce
néctar volvió a mi boca proporcionándome
un inmenso placer. Era un exquisito
manjar que me prometí nunca faltaría en mi dieta. Pero antes debía encontrar
una excusa por tal comportamiento.
-Creo
que esa sangre no está en buen estado. Parece envenenada, se me ocurrió.
Ante
esa respuesta Clyde saboreó de nuevo nuestra cena.
-Tranquila,
está bien.
Sonreí para complacerle pero el aliento salió
de mi boca haciendo que él oliera mi última degustación. Cuando identificó el
olor, su cara tornó agresiva y, soltando los conejos, me cogió del brazo,
llevándome a largas zancadas hasta la casita. Una vez dentro, me lanzó contra
la pared. Puso su rostro entre sus manos e inspiró profundamente. Mi sorpresa
ante tal reacción provocó que me quedara inmóvil allá dónde me dejó. Jamás
había visto esa expresión en él.
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